Anatomía de una rata

Florencia, 1348. La peste negra asola la ciudad. El escritor Bocaccio, que había vivido aquel año, imagina ese marco para encerrar a unos personajes a contarse historias. En una villa a las afueras, lejos de la plaga, como en el famoso “La máscara de la muerte roja” de Poe.

Londres, 1665. La peste llegó a las puertas de la ciudad, y un niño de cinco años, Daniel Defoe, la conoció. Muchos años después, en 1722, tras su famoso Robinson Crusoe, Defoe se inspiró en aquellos días negros para escribir Diario del año de la peste. No por casualidad, una cita de Defoe abre La peste de Camus.

Ciudad de México, 2009. Los primeros casos de la pandemia de  gripe A se diagnostican en DF. Se anuncian los primeros muertos por la enfermedad, cunden las alarmas, las calles se vacían. Las autoridades prometen calma y control, pero nadie puede poner freno al miedo. Las escuelas cierran,  se habla del teletrabajo, se desconoce cómo avanzará el virus. El pánico dura dos meses.

Guinea-Conakri, 2014. Un nuevo caso del virus ébola se confirma. Pronto la epidemia se extiende por los países vecinos y aparecen casos en varios países europeos y en América. La OMS calcula que de este este último brote han muerto más de 10.000 personas en todo el mundo.

En fin, la peste siempre está ahí y es inminente, se llame como se llame: peste negra, bubónica, sida, gripe aviar, ébola… Es el virus mortal y el miedo a que la muerte se extienda con gran rapidez. A que la causa principal que diezmaba la población en la Edad Media resurja de nuevo con otro nombre, pero con la misma crueldad.

Orán, en algún momento de la primera mitad del siglo XX. Ratas muertas salpican algunas  calles de la ciudad argelina. Al principio son unas pocas, después varias decenas. En una semana, cientos de ellas, y luego miles, que son acumuladas en improvisadas piras y quemadas. En unos pocos días comienzan los primeros enfermos. Un médico, Rieux, tiene que enfrentarse a ese huésped al que nadie ha invitado.  Rápidamente la peste se abre paso y golpea  a los barrios más poblados de la periferia. De una decena de casos semanales, se pasa a varios cientos. Las autoridades no se atreven a usar la palabra; al final, no les queda más remedio: la peste ha llegado a la ciudad de Orán. Las puertas de la ciudad deben cerrarse. Nadie podrá abandonarla, ni siquiera los extranjeros o los visitantes de paso. El exilio se impone por ley. En un reverso de la novela El castillo de Kafka, La peste de Camus cuenta la historia opuesta: el lugar que no se puede abandonar, asolado por la muerte, dominado por la muerte. En el fondo no se puede abandonar jamás, haya peste o no. Sin más. Lo dijo Cioran muchos años después de la novela de Camus: “la muerte me acompaña cada día, está conmigo todo el tiempo”. Esa es la peste y el verdadero núcleo dramático de esta novela excepcional, que publicó Camus en 1947.

La peste es, por decirlo de una manera pedrestre, un relato literario y a la vez un trasunto de la filososía existencialista de Camus, que era, además de narrador, ensayista y periodista. Pero querer leer la obra de Camus solo en clave parabólica, como quien lee marcas en un mapa, sería un error y una falsedad. No hay que conocer la obra filosófica de Camus, ni siquiera saber que era  existencialista, para disfrutar de su obra. Porque sus novelas (igual que su fabuloso teatro) son relatos autónomos que funcionan por sí mismos, que no necesitan guías ni notas a pie de página. Quien lo haga, ampliará la visión de campo, por supuesto, conectará los puntos diseminadas aquí y allá. Pero todo relato es cerrado, o debe serlo, y La peste lo es, sin duda. Es su segunda novela, años después de haber escrito la formidable El extranjero, que le trajo fama y lectores, y aquí Camus no quiere volver a hacer lo mismo. No le interesan los remakes ni las secuelas. Fue siempre un escritor arriesgado, que se probaba a sí mismo, al que le gustaba jugar a saltar de un género a otro. Seguramente si la muerte no se lo hubiera llevado tan pronto en aquel accidente de coche,  hubiera terminado haciendo cine, como Passolini, que empezó escribiendo poesía y narrativa, y luego se volvió un cineasta activo. Quién sabe.

Camus, desde luego, es un escritor atípico. En La peste lo demuestra con creces. Jamás cae en la complaciencia del estilo, por ejemplo. No juega a hacer retoricismo, a ganarse la aprobación del lector. Sabe que está contando una historia terrible, una historia esencial para el ser humano, y no se aparta de su objetivo. Quizá esa es la razón por la que Camus, a diferencia de otros compañeros existencialistas suyos, se lee y se sigue leyendo. No ha perdido un ápice de su modernidad. Y eso sucede seguramente, y esta es mi teoría personal, por cómo escribe. El extranjero es grande sobre todo por su prosa descarnada, ruda, cortante. Dicen que por influencia de Hammett, al que leía fervorosamente. En La peste adopta, en cambio, la postura del cronista desapegado, el escritor de un informe, quizá porque sabe que con un tema como el de la peste, lo contrarío le haría caer en el sentimentalismo y en la afectación. Ya habíamos dicho que Camus siempre tuvo olfato literario. La otra razón por la que siempre fue un escritor atípico (y por lo que es un verdadero escritor, y no un filósofo metido a narrador diletante) es porque no se permite cerrar los ojos ante la realidad. Va más allá de las apariencias, excava en el corazón de los hombres. Busca. Lo que encuentra en La peste es, más allá de la atmósfera de su encierro, a hombres cotidianos, a humanos de carne y hueso, que tienen que lidiar con la peste (es decir, con la muerte) a su manera. Sin lecciones, sin dogmas, sin sermones. Solos.

Solitarios o solidarios, tal como terminaba uno de los cuentos más famosos de Camus para hablar de la libertad en que estamos condenados y que jamás podemos eludir. Ante la tragedia de los hombres (“que se mueren y no son felices”, decía el Calígula de Camus), no podemos permanecer ciegos. Si ahora le cuento al lector que en La peste aparecen las obsesiones típicas de Camus, quizá le estropeo el placer de descubrirlo por sí mismo. Lo haré solo para que esté atento, para que se fije, porque como dice Rieux, el protagonista, la peste no es más que la culminación de la muerte y “una interminable derrota”. Y pese a ello, ahí está luchando contra ella, rebelándose. La misma matriz de sus ensayos El míto de Sísifo y El hombre rebelde. Por otro lado, otros se enfrentarán al absurdo de otra manera, queriendo huir del sitio (el título de otra de las obras de Camus) o locos ante el absurdo, incapaces de convivir con él. Como dice Rieux de un personaje, en una de las frases más terribles del libro, “acaso era más duro pensar en un hombre culpable que en un hombre muerto”. Tantos miles de muertos por la peste, y es en cambio la libertad de los hombres la que nos hace darnos cuenta de nuestro verdadera naturaleza. De la peste no se puede escapar, eso ya lo sabemos. Siempre está ahí, inminente. La manera que tenemos de vivir con ella, como con esas ratas que conviven con nosotros escondidas en el subsuelo, es la pregunta y la razón por la que La peste de Camus es una novela moderna, vivísima.

Como dice el narrador, lúcido siempre, reacio a  la peor mentira que es mentirse a uno mismo, “el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”. Adaptados, acostumbrados a la peste.

 

 

La peste, de Albert Camus, Debolsillo.

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