Amor y sexo por leer

Amor… Las mejores páginas de la literatura de todos los tiempos que he tenido la gloriosa ocasión de leer acerca de esta ignota materia me han provocado reacciones físicas. Rubor. Aumento de la frecuencia cardiaca y del ritmo respiratorio. Dilatación de las pupilas. Tumescencias y contracciones musculares. Secreción de líquidos corporales, incluyendo los que producen las glándulas endócrinas y, por supuesto, lágrimas. Hasta aquí el diagnóstico. En cuanto al sexo, bueeeeeh: las mejores páginas de la literatura de todos los tiempos que he tenido la gloriosa ocasión de leer acerca de esta ignota materia me han provocado exactamente las mismas reacciones físicas. O no: digamos, porque es lo mismo, pero no es igual, que me han generado las mismas reacciones corporales.

Habida cuenta de que, en efecto, no hay nada nuevo bajo el sol, y de que no hay tema que recurra más en la lírica popular (llamemos así a cualquier canción que escuchemos al sintonizar la radio), de cualquier modo los escritores siguen escribiendo de amor, y en especial de su variable más frecuente: del amor desdichado. Y, habida cuenta de que la añeja tradición de los libros para leer con una sola mano es imbatible, como lo prueba el

hecho de que el guanguete de míster Grey haya logrado ¡incrustarse! en el imaginario colectivo, nunca han faltado escritores que se propongan lograr páginas que, de poder ser exprimidas, chorrearían jugos corporales, en especial en su variable más frecuente: la fornicación hetero entre dos cuerpos canónicamente deseables, de preferencia, aderezada con algún condimento que los timoratos consideren escandaloso.

Ahora bien: para construir un amor memorable suele hacer falta todo un libro. Es necesario situarle un origen, imaginarle dignos protagonistas, sembrarle obstáculos, hacerlo arder, ponerlo al borde del despeñadero… Y para escribir una cogida memorable suele ser estorboso emplear muchas páginas; quienes consiguen escribir toda una novela centrada en el sexo deben recurrir a la multiplicación de escenas con actividad sexual y sortear el terrible riesgo de que a la tercera vez el lector esté aburriéndose. No resisto la tentación de especular: ¿será que el amor perdura y el sexo dura lo que dura dura?

En suma: la muestra estadística es tan amplia como para proponernos elaborar listas de cien o más novelas sobre amor y sobre sexo a las que consideremos dignas de mención. O más de cien, si tenemos tanta paciencia. Yo me lo propuse como eje central de estas alucinaciones, pero, como se puede notar, me he desviado de la cuestión y justo ahora me descubro lucubrando que, de un modo o de otro, probablemente algo así como el noventa por ciento de la ficción aborda la idea de amor y la búsqueda de placer, así que ese hipotético listado me va pareciendo cada vez más peregrino. Así pues, renuncio a tan entretenido propósito y en compensación les dejo aquí un dato: el día de mayor ocupación en los hoteles de paso no es el del amor y la amistad (tercer lugar) ni el de la secretaria (segundo lugar): es el día de la madre.

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