Albert Camus

Trabajó como periodista y actor adherido a movimientos políticos de izquierda. Su obra literaria comienza ligada a la corriente filosófica existencialista, como se aprecia en El extranjero (1942) cuyo trasfondo, al igual que muchas de sus obras, está situado en su Argelia natal. En 1951 publicó La peste (Debolsillo, 2012) —posteriormente adaptada al cine—, en la que refleja el auge del fascismo y la Europa de preguerra. En 1957 recibió el máximo galardón de las letras, el Premio Nobel de Literatura, apenas tres años antes de morir en un accidente de carretera.
Carlos Fuentes escribió acerca del pensamiento de Camus, un autor cuya influencia en la escritura de las novelas del Boom fue muy relevante:

Hay una tensión permanente, nos advierte Camus, entre lo inevitable y lo injustificable. Es posible que el fin justifique los medios, ¿pero quién justifica el fin mismo? Esta gran cuestión política no la resuelve Camus. La plantea. Lo hace, claro, a partir de su condición de escritor-periodista, ensayista, novelista, autor dramático. Capturado —como todos— entre la voluntad de ser moral y todo lo que le impide serlo. Entre las ganas de ser dichoso y la imposibilidad de acceder a una dicha plena. Camus recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, a los 44 años, como si Estocolmo previese, apresurada, la breve vida del escritor. Porque su distancia de lo que entonces pasaba por ortodoxia (de derecha o de izquierda) le valió toda suerte de epítetos. Boy scout, moral de la Cruz Roja, escritor edificante, santo sin Dios, experto en coartadas, traficante de amigo, ahora enemigo, Sartre: “Camus escribe demasiado bien”. Camus respondería que no se gana la justicia condenando a varias generaciones a la injusticia. Que existen la belleza y los humillados: ¿cómo serle fiel a ambos? Que más vale no agradar que doblegarse para quedar bien. Que la fama es un entierro prematuro porque niega el futuro y el derecho que todos tenemos de cambiar. Que no importa el tiempo que nos conceda la vida, sino cómo empleamos el tiempo. Y que no nos podemos separar de la historia, pero la podemos enfrentar críticamente. (Babelia, 2010)

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