Al ponerle sabor a la democratización “algo ganamos, algo perdimos”

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Tengo que morir todas las noches / Debate, 2014

Debo decirlo: leí con entusiasmo Tengo que morir todas las noches. Encontré un sabroso lado B de la memoria de la ciudad que vivo, gozo y, a ratos, sufro: la ciudad de México.

Un lado B que es un punto de quiebre para un diálogo generacional. Sí, entre quienes vivieron su juventud en los años setenta y ochenta, cuyo contexto estuvo marcado por la sombra del movimiento estudiantil de 1968 y el surgimiento del movimiento gay, el cambio de las dinámicas sociales, no en tanto lógicas partidos políticos sino, más bien, en la vida cotidiana y sobre todo la vida nocturna: jóvenes que buscaban su identidad más allá de convenciones limitantes y que empezaron a experimentar y quienes, ahora, vivimos: alternancias partidistas en la presidencia del país, cómo el Distrito Federal pasó de ser una burbuja de derechos sociales a un lugar que, si bien sigue siendo referente en temas como la interrupción legal del embarazo o los matrimonios entre personas del mismo sexo, al mismo tiempo se está moviendo hacia zonas poco claras: ¿el PRD logrará seguir siendo la mayor fuerza política en la ciudad tras la administración de Miguel Ángel Mancera?

Tengo que morir todas las noches es el resultado de la búsqueda de un joven, Guillermo Osorno, tras abrir la puerta a un mundo al que pertenecía y que poco a poco fue descifrando y explorando: el homosexual.

El joven Osorno dio con El Nueve: un bar-discoteca-centro contracultural que tuvo distintas etapas: de lujoso lugar de reunión para homosexuales de clase media alta y alta hasta ser un punto de encuentro y experimentación de artistas underground y jóvenes, no sólo gays.

Osorno, tras llevarnos a la entrada de la puerta que abrió nos deja recorrer El Nueve a través de una crónica minuciosa en la que tenemos los antecedentes del lugar que “significaba una especie de gran salida del clóset de la cultura y la vida nocturna de la ciudad de México”. Tenemos los detalles de su auge y declive. Conocemos a sus personajes siendo clave: Henri Donnadieu, un francés aventurero que se convirtió en empresario y promotor cultural. También conocemos a Xóchitl, un travesti cuasi monarca homosexual que tenía una relación cercana a autoridades capitalinas; a Jacqueline Petit, una jet set muy arrebatada y a Manolo Fernández, cómplice de Donnadieu.

Los detalles y datos que Osorno da, experimentado periodista y editor, permiten recuperar la esencia de aquellos años: su sabor, ambiente, complicaciones. Tenemos así un lado B de memoria que se suma a aquellos testimonios y referentes de la diversidad sexual, en particular de la homosexual, que dejaron Salvador Novo en La estatua de sal, Carlos Monsiváis en sus distintas crónicas y ensayos aglutinados en Que se abra esa puerta o en México se escribe con J un libro coordinado por Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán; en novelas como El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, Queer de William Burroughs, o la poesía de Juan Carlos Bautista.

Y entonces comprendo por qué leí con entusiasmo Tengo que morir todas las noches, porque, aunque de distinto modo, cualquier persona, sea o no gay, que quiera comprender cómo se ha transformado esta ciudad, cómo fue el cambio democrático y por qué es distinta a otras del país, encontrará una pieza valiosa para explicarse una parte de lo que vive hoy y podrá entrarle a ese diálogo generacional del que hablé previamente entre una generación que padeció el fin del milagro económico mexicano, las devaluaciones y el SIDA y la de quienes vimos (o quienes formaron parte de) la irrupción del movimiento #YoSoy132, y empezamos a hablar, cuestionar la normalización de lo gay, que nos preguntamos ¿Qué sigue en la agenda LGBT?, ¿ahora qué es lo clandestino? o reconfiguramos el ligue en tiempos de Grindr y bailamos en el Salón Marrakech. Como dice el propio Osorno en este periodo: “algo ganamos, algo perdimos”.

Lizbeth Hernández

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