Afuera

Voy a empezar con un atrevimiento: si vamos lo suficientemente atrás, hay en todos nosotros el recuerdo del campo. Digo recuerdo donde acaso debería decir idea o noción, porque en algunos casos dicho recuerdo no proviene de una experiencia personal, sino de alguna imagen que vimos de niños en un libro de texto o a través de la ventana cuando viajábamos en carretera. (Me gusta pensar que los niños que van aburridos en el asiento trasero de un coche siempre van tomando fotografías mentales de allá afuera.)

Si bien existe una idealización de ese afuera, que implica una vida más serena en un espacio libre de microbuses, es común la idea de que el campo, así en abstracto (o el pueblo perdido o hasta la polémica provincia), tiene algo de ríspido, especialmente para los que lo entendemos a la distancia. La familia potosina de mi padre es, en mi caso, la fuente de esos recuerdos construidos: tuve un abuelo charro que a veces andaba con su sombrero de fieltro, contestaba siempre en monosílabos y despertaba antes de la seis de la mañana para poner el café o preparar taquitos rojos.

Las historias del campo mexicano, de los pueblos, suceden siempre en otro lado. Para los que vivimos en el monstruoso Distrito Federal, todo lo que no es nuestra ciudad es la provincia: el concepto es tan vasto que abarca desde las modernas avenidas de Monterrey hasta pueblitos yucatecos de nombre impronunciable (Dzidzantún, Kancabdzonot, Tixcacaltuyub), en los que todo fuereño es un huach merecedor de desconfianza. Pero si bien es cierto que la provincia suele ser el afuera inhóspito, violento, también puede ser (y lo es la mayoría de las veces para quien mira detenidamente) fuente de un tipo de belleza particular que resulta difícil encontrar en la ciudad.

Me explico: hace un par de años visité un campo tlaxcalteca, en abstracto, en donde un señor amable me explicó lo que es una milpa, en concreto. En su definición más simple, la milpa (del náhuatl milpan: de milli, “parcela sembrada”, y pan, “encima de”) es un microcosmos en el que el maíz se alza hasta tres metros en un eje vertical que sostiene a la enredadera de frijol. Al ras del suelo la calabaza conserva la humedad y protege a la mata de animales e insectos.

Me conmovió conocer de cerca este mecanismo tan sensato, tan completo, tan suficiente. Pensé en los viajes en carretera, en los mapas con división política de la Primaria y en los movimientos lentos y controlados de mi abuelo potosino. Sus instrucciones parcas para subir al caballo sin caerse, por ejemplo, están afuera, pero en un afuera tan próximo que casi alcanzo a tocarlo si estiro un poco la mano.

 

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