¿Acaso alguien sabe cómo piensan las piedras?

La única certeza que tenemos es que nuestra última morada será un montón de piedras. En el camino de la vida tropezamos con muchas y ojalá aprendiéramos de ellas, como escribió el poeta venezolano Eugenio Montejo: “Alguna vez escribiré con piedras, / midiendo cada una de mis frases / por su peso, volumen, movimiento. / Estoy cansado de palabras”.

Cómo piensan las piedras, de Brenda Lozano, son 14 relatos que nos cuentan historias tan vivas como las piedras, con personajes que conocemos tan bien como nuestro reflejo en el espejo. Lozano es una observadora de las pequeñeces de la vida, de las rutinas familiares, de los rituales del amor y su aplastante monotonía. Habla de traiciones y lealtades, como en “Elefantes”, el cuento con el que abre el libro, el cual narra una extraña y entrañable relación entre un grupo de 27 paquidermos y el hombre que los cuida.

Así como en “Geografía familiar” la repetición de nombres entre las mujeres de una familia no sólo es tradición, se vuelve un destino trágico que se repite generación tras generación. Lleno de símbolos, en “Estados de cuenta, cupones y un catálogo de farmacia”, Lozano describe las relaciones de pareja de nuestro tiempo. Una liga para el pelo, de pronto se vuelve un fantasma del amor. Cuando dos se acuestan, ¿cuántos en realidad están en la cama? La ex de él, las mujeres imaginadas por ella, las huellas de amores pasados palpitan en todos los rincones de la casa. Lozano nos dice que las mujeres encuentran señales en todas direcciones. Nos muestra cómo funciona el cerebro, el corazón de las mujeres.

“Martina”, otro de los cuentos que integran este libro, es la historia de una chica veracruzana que estudia física con Adrián, un músico que asegura que la física, la música y la literatura pueden ser idénticas en algún punto. Adrián, junto con Moisés y la voz que narra, descubren, al escuchar a Martina tocar el piano, que aquello sí es posible.

En este primer libro de cuentos de Brenda Lozano hay una tensa calma, hay tal desazón en algunos de sus personajes que uno llega a empatizar con ellos. Es como si nos invitaran a pasar a su mundo. Así, en “Lo quieto, lo turbio”, Lozano profundiza en una parábola que está más allá de los sentidos y en “Lugares que nos sobrevivirán”, conoceremos a una chica que, a pesar del abandono de su padre, hereda de él las manías. Lo que se hurta también se hereda.

En casi todos los cuentos de Cómo piensan las piedras hay una piedra como un personaje más, una piedra cuadrada, una piedra que sirve como pisapapeles. La piedra más que como hilo conductor de certezas, como “Cables”, enredados en los que se convierte el amor. Peor aún, cuando en “Monólogo de una fotocopiadora”, es esa máquina quien lleva el registro de una vida: “A partir de ahora tendremos copias de todo, esta máquina nos permitirá tener un registro total, nuestro día a día quedará registrado en fotocopias”.

Cómo piensan las piedras de Brenda Lozano, con una voz que analiza y observa, presenta historias de parejas solas, tan compenetradas que ya no necesitan hablarse para acordar nada, se ponen de acuerdo, como los caracoles, con las antenas de la convivencia diaria. En “Los ruidos de al lado”, la tensión se vuelve insoportable conforme el vecino, quizá extraterrestre, taladra y serrucha cada vez más profundo a medianoche.

Como un inventario de experiencias, Cómo piensan las piedras nos lleva desde el inicio de una vida en pareja en el continente africano hasta el vuelo de un rabino que va, de Nueva York a la Ciudad de México, a visitar a su agonizante hermano, aunque “le aterra la idea de arrojar piedras a su tumba”, va a confirmar que esa es nuestra última morada, mientras él mismo trata de sobrevivir a un grupo de niños que lo ven raro, cuando el vuelo se agita entre la turbulencia.

Que las piedras son cimiento y fortaleza, símbolo de vida que seguirá ahí aún después de nuestro último aliento, lo confirmamos al leer Cómo piensan las piedras de Brenda Lozano, como si ella también estuviera de acuerdo con lo que escribió el poeta Montejo: “Con piedra viva escribiré mi canto… / como un mapa que se abra ante los ojos / de los viajeros que no regresan nunca”.

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