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Acapulco solía ser un paraíso
Alucinaciones acerca de Dos horas de sol
Ramón Córdoba comment 0 Comentarios

Para empezar, un dato inútil: la novela de referencia es una de mis obras favoritas de José Agustín, junto con Se está haciendo tarde (final en laguna), Ciudades desiertas y El rock de la cárcel. Lo que tienen en común es que, como casi todas las de este célebre autor, son endiabladamente legibles: uno les da oportunidad, simplemente se deja ir en la lectura y a las pocas páginas sabe a ciencia cierta que ha empezado un sabroso e impredecible recorrido en tobogán… a oscuras. Y, por cierto, un recorrido que se antoja repetir. Ya que estás leyendo estos desvaríos, te diré: bienaventurados quienes releen, pues disfrutarán más de una vez (y a partir de la segunda, tal vez más). Y, por último: es fácil concluir que esa clase de escritura, tan diáfana y asequible, no requiere de ningún esfuerzo. ¡Juaaaaaaaar!: craso error. Sé de gente que ha querido lograrla y nomás no lo consigue. Ni con calzador. Ni yendo a bailar a Chalma. Tal vez en otro texto podamos ahondar en la cuestión: ¿ese efecto sobre el lector es producto de incontables horas de trabajo, práctica y exploración consciente, es intuición pura, es un don, es una mezcla de todo esto, o qué chingaos es? Por ahora, entremos en materia (o al menos intentemos hacerlo):

Dos horas de sol es también una novela tremendamente diversa: hay en ella una escena de clandestinos y espeluznantes pedos, una rica y vergonzosa masturbación, una diatriba contra la ruina ecológico-económica de Acapulco, un ligue de esos a los que hemos aspirado más de uno: en la playa, con dos rubias beldades norteamericanas y ¡con expectativa de culminar intercambiando parejas! (Prefiero a la más chichona, piensa uno de los protagonistas.) Hay drogas, violencia, un table dance llamado Tabares (mejor conocido como Nalgares), en efecto dos exactas horas de sol, una bellísima garza blanca, un teporocho igualito a Octavio Paz, gran cantidad de referencias a rolas y grupos musicales que (pon atención) resulta imprescindible escuchar, añorantes referencias a José Agustín Ramírez, músico ancestro del autor y compositor de, por ejemplo, “Por los caminos del sur”; también hay discotecas, hoteles de súper lujo, un presidente municipal chiquito pero picoso y, para más inri, un huracán.

A estas alturas podrás estar preguntándote si no te estoy echando a perder las sorpresas que te aguardan en estas páginas, así que debo decirte: neeeeeeel, ni madres, nooooo. Sólo he desplegado ante ti el reparto de la obra. Para tu beneficio. Cero espóilers, me cae.

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