A todos aquellos que odian el fútbol…

…nadie intentará hacerlos recapacitar, entrar en razón, entender. Nadie les predicará ni intentará hacer entre ustedes proselitismo. Y menos que nadie, Eduardo Sacheri. Para él está bien claro que quienes aseveran que el fútbol, así, a la argentina, con acento, nada tiene que ver con la vida, son absolutamente irremediables: no saben nada ni del fútbol ni de la vida. Ni cómo ayudarles, diríamos en México. Así pues, les tengo noticias: los cuentos de La vida que pensamos no son para ustedes, prejuiciosos, anodinos, noveles lectores. Absténganse, por si no lo tenían claro.

Ahora bien: para todos aquellos que quieren y aman a la literatura por sobre todas las cosas, en primer lugar, bienvenidos a la cofradía; he aquí que de inmediato estoy seguro de ciertas verdades fundamentales, y entre ellas de su espíritu scout: para ustedes es normal dar oportunidad a todos los libros, sin distinción de credo, raza, ideología, preferencia sexual, posición social, fobias y filias. Y, en segundo lugar, sé que ustedes, amados cofrades, leyendo La vida que pensamos disfrutarán enormemente de relatos donde el sustrato y la esencia (no es redundancia) es el futbol (sin acento, a la mexicana), así nomás. Esta no es la crónica de jugadas, jugadores, equipos, ligas, campeonatos. Tampoco un paseo por los entretelones, donde a menudo desaparece el encanto y viven las miserias humanas. No, no, no: quede claro. Este libro es un manifiesto.

Un manifiesto, no un panfleto. Sin afanes doctrinales, a través de una veintena de cuentos, el autor profesa su fe.

“Me gusta contar historias de personas comu­nes y corrientes. Personas como yo mismo. Personas como las que han poblado siempre mi vida. Gente nacida o criada en mis horizontes suburbanos. Ni si­quiera sé por qué son ésas las historias que me nace contar. Tal vez, porque me seduce y me emociona lo que hay de excepcional y de sublime en nuestras exis­tencias ordinarias y anónimas. En esas vidas habita con frecuencia el fútbol. Porque lo jugamos desde chicos. Porque amamos a un club y a su camiseta. Porque es una de esas expe­riencias básicas en las que se funda nuestra niñez y, por lo tanto, lo que somos y seremos.”

Compromiso, tarea, credo, condena, incidencia, accidente, contingencia, desgracia: todo puede vivirse (y de hecho, se vive) sabiendo que (Juan Villoro dixit) “Dios es redondo”. Un balón en juego abre absolutamente todas las puertas, reales o imaginarias. Todo buen trato con la pelota es un poema. Todo partido es épica. Toda derrota es tragedia. Y, lo sabemos, en la oportunidad de tirar hacia adelante con la convicción de anotar se cifra eso que muchas religiones postulan como el paraíso. Por eso, Eduardo Sacheri le pide a Dios que en el cielo haya una cancha:

“Una cancha posta, ¿sabés? Con el pastito bien verde y parejito. Capaz que ahí nadie juega. Capaz que andan todos en otra, cantando, tocando el arpa, vos debés saber. Aunque no haya con quién juntarse a patear, a mí no me importa. Pero que la cancha esté. Y que haya un balón, claro. Porque si voy al Cielo quiero hacer lo que más me gusta en la vida. Y otra cosa: que en la cancha llueva, porque con lluvia es más lindo. ¿Te imaginás? El trotecito corto. El agua resbalándome por la jeta. El olor al pasto mojado. La bola cortita y al pie. ¿Qué más se te puede pedir, decime? No te pido más nada, Dios. Lo demás que sea como vos dispongas. Pero por favor, en serio, por fa­vor: que la cancha esté.”

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