A donde tú vayas, iré

Este texto fue leído por Victoria Dana el pasado 9 de noviembre, durante la Feria de la Literatura Mexicana, por motivo de la presentación de su segunda novela, A donde tú vayas, iré (Lumen, 2016).

Bienvenidos todos a la fiesta de las letras, porque cada vez que se publica un libro debería ser una fiesta. Aunque hoy sea un triste día para el mundo, donde una vez más vemos triunfar el odio, el racismo y la intolerancia, estoy convencida de que sólo podremos combatirlo con las armas de la educación, la cultura y el arte. Por eso esta noche, a pesar de todo, es de fiesta. ¡Muchas gracias por acompañarme! Gracias a Miguel Cossío Woodward  y a Wendolín Perla. Un mago que en cuanto toca a un alumno lo convierte en escritor y una hada madrina maravillosa que convierte en realidad los sueños. Gracias también a Michel Rubinstein y a Isaac Maya por su talento y su creatividad, por haber dado vida a los personajes de A donde tú vayas, iré.

Varios me han preguntado qué es verdad y qué es ficción en la novela. Eso me recuerda a los comentarios de Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. Yourcenar tiene una necesidad impresionante de transparencia, de llegar a la “verdad más verdadera”, más libre de error. Al final de la novela se puede distinguir quién es un personaje de ficción y quién un personaje histórico perfectamente documentado. Es tan puntillista que menciona el caso del niño que se asoma por la ventana y se cae. Sin embargo, la misma Yourcenar reconoce que la verdad se diluye:

Todo se nos escapa y hasta nosotros mismos. Mi propia existencia, si tuviera que escribirla, tendría que ser reconstruida desde fuera, penosamente, como la de otra persona; debería remitirme a ciertas cartas, a los recuerdos de otro, para fijar esas imágenes flotantes. No son más que muros en ruina, paredes en sombra.

El pasado  está construido de imágenes flotantes, qué bella manera de decirlo… El pasado es exilio, decía con dureza Rosa Beltrán, no hay forma de volver a él. Por lo tanto, puedo comentarles con toda confianza que a pesar del intento de encontrar la verdad, no me aferro a ella, no soy historiadora ni antropóloga. Hay que dejar claro que muchos de los acontecimientos en la novela son producto de testimonios. ¿Qué tan fiel es un testimonio? ¿Sabemos si esas personas decían la verdad? ¿Imaginaron? ¿Exageraron? ¿Cómo se mide el nivel de verdad en un testimonio? De acuerdo al filósofo Jacques Derrida, por su mismo carácter, el testimonio debe mantenerse en el terreno de la ficción: “Si se intenta juzgarlo en su verdad, pierde toda la experiencia narrativa y su carácter testimonial”.

Así que volvamos a la pregunta… ¿qué es cierto dentro de la ficción de A donde tú vayas, iré? La historia de la abuela es cierta y está contada únicamente desde su punto de vista. Ella, como niña que era, solo puede relatar lo que vio y experimentó, pero hay un trasfondo histórico: el libelo de Damasco se da en 1840 con la desaparición de un sacerdote. Se acusa a la comunidad judía de haber matado al padre Tomás para con su sangre hacer el vino de pascua. El regreso de su padre, el gran rabino, a casa, es producto de mi imaginación… y de la abuela.

¿La historia de Feride, la madre de Latife, es cierta? Si tomamos en cuenta que moría durante el parto un porcentaje muy alto de mujeres, alrededor del 50%, no debe extrañarnos que uno de los personajes muera de esa manera. Y así podríamos mencionar detalles que se dan dentro de la vida cotidiana, como la invención del fórceps. Pero ya no quiero seguir contándoles la novela porque muchos de los que pensaban comprarla ya no la van a querer, dirán… ¿para qué, si ya me sé la historia?

Los testimonios son muy pocos o al menos a los que yo tuve acceso. Algunos de los contemporáneos de la época que fueron entrevistados contestaban de manera escueta, con una sola frase y para saber lo que realmente sucedió, arréglenselas como puedan. Es el caso del señor Emilio Moussali, quien declara en una sola frase: “Mi abuela se murió de hambre en Damasco”. Imagínense el dramatismo que conlleva. La gente se moría de hambre… y el problema aquí no era intentar descifrar si lo que dijo era verdad o no, lo importante es cómo llegar, a través de esa frase, que además es lo único que tengo, a lo que pudo haber sucedido y plantear ese momento con toda crudeza, con la más posible realidad, como dijo Marguerite.

No puedo dejar de agradecer el haber estado tan cerca de mi padre. El gran narrador por naturaleza, el hombre que nos introdujo con simpatía a la magia de su natal Damasco.

Hay otra verdad que también se mezcla en la novela. La verdad histórica. Lo que cuenta la Historia con mayúscula. Sabemos que sí, hubo una guerra, la primera guerra, la gran guerra, que fue una lucha de trincheras muy desgastante y larga, sin embargo ¿cómo lo vive el hombre común, cómo lo experimenta ese personaje que ya sentimos parte de nuestra vida? Un dato interesante: mientras escribía la novela pensé en la forma más lógica de la que fui capaz. “Aquí tuvo que haber una epidemia pavorosa”. Le pregunté al Dr. Google, mi médico de cabecera, y sí, efectivamente: se dio la influenza española. No tenemos datos reales, ya saben, aquí nada es real, pero en Wikipedia se estima que mató de 50 a 100 millones de personas. Muchos más de los que murieron en combate. De 50 a 100 millones de personas, ¿no les parece una cantidad demasiado aleatoria? Entonces, también hay que bordar sobre la verdad histórica que tampoco es comprobable. No olvidemos la palabra: se estima, se calcula, se cree… ésa es la verdad histórica que también nace de testimonios y que puede considerarse tema de ficción. Marguerite Yourcenar es más optimista y señala: “[pero esto no quiere decir] que la verdad histórica sea siempre y en todo inasible. Es propio de esta verdad lo de todas las otras: el margen de error es mayor o menor”. Ustedes dirán…

Hay una anécdota que me parece muy divertida. Estaba escribiendo acerca de la leva, de la llegada de los soldados otomanos a la ciudad, y en clase le pregunté al maestro Miguel Cossío:

—Oye, Miguel, ¿tú crees que en ese entonces los soldados turcos ya usaban botas?…

A lo que Miguel respondió:

—Si a tu historia le sirve que tengan botas, ¡pues las tenían!

Ésa me parece una manera muy gráfica de explicar la novela histórica. Bordamos sobre una historia, es cierto, pero estamos recreando una ciudad, una población, unas circunstancias que únicamente viven en nuestra imaginación, unas botas que solo yo sé si tenían o no.

Entonces, volvemos al problema de la Verdad, así, con mayúscula. ¿Existe? Por siglos se han querido adueñar de ella. Hemos presenciado los más terribles sucesos y los más crueles asesinatos en honor a la verdad. Lo peor son las falsas verdades o las verdades a medias, como las que constantemente lanza Donald Trump o ISIS, o cualquier otro, el mundo está plagado de los adalides de la verdad, fundamentalistas que ganan terreno día con día. Todo comienza con una generalización, como lo planteó Alfred Adler hace años, decir que todos los mexicanos son rateros, o todos los negros violentos, es lo mismo que decir que los judíos son la plaga de la humanidad. El estigma quedará impreso por generaciones.

Pero regresemos a la literatura. Franz Kafka decía: la literatura es siempre una expedición a la verdad. ¿A qué verdad se refería? ¿A la existencia de un escarabajo? ¿A un castillo donde es imposible llegar? ¿Al terrible juicio donde el verdugo siempre tiene la razón de no sabemos qué delito? ¿A la América que existió únicamente en su imaginación?

Se dice que la realidad rebasa la ficción. Ahora podríamos reflexionar acerca de… ¿De qué está hecha la realidad?  ¿Es también ficción?

Entonces cuando me preguntan qué es verdad y qué no en la novela, reflexiono sobre ello. Están insertos en la historia testimonios, diarios, investigaciones históricas, fotografías y todo lo que caía en mi mano que dijera Damasco. Pero también está mi expedición a la verdad, de la manera en que la plantea Kafka. Viajé a mi interior y rescaté mi propia verdad, entendí a través de la mirada de otros. Porque para eso sirve la literatura: para vivir otros mundos en otras situaciones, y para entender al que es distinto a mí, con amor y respeto.

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