A 35 años de El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata

El vampiro de la colonia Roma / Debolsillo, 2012.

Año con año, la novela emblemática de la cultura gay mexicana por excelencia sigue ganando lectores. ¿Cuál es su vigencia, hoy, a treinta y cinco años de publicada? Las razones no son estrictamente literarias. No podrían serlo frente a una novela que en muchos sentidos representó un punto de llegada y de partida.

Aunque el texto de Zapata no es el primero, en sentido estricto, que construye una subjetividad homosexual en la literatura mexicana, ni tampoco la pionera en abordar relaciones homoeróticas, sí rompe con el carácter fatalista y catastrofista que a menudo alimentaba a la literatura gay testimonial. Antes que Zapata, Novo y Villaurrutia, Luis Spota y Miguel Barbachano Ponce, Carlo Coccioli y Paolo Po, contribuyeron a gestar un discurso sobre el deseo homosexual, aunque sin la contundencia e impulso liberador de El vampiro de la colonia Roma.

La novela se publica en un periodo de conquistas del incipiente movimiento homosexual, que buscaba visibilizar en los campos político y cultural la lucha por el respeto a la disidencia sexual. El 17 de marzo de 1979, apenas unos meses antes de la publicación de la novela de Zapata, José Joaquín Blanco publicó, en el suplemento cultural del diario Unomásuno, “Ojos que da pánico soñar”, un texto vindicativo que, además, alienta la “salida de los sótanos clandestinos de la vida social”.

La revuelta, en junio de 1969, de Stonewall en Nueva York, rápidamente tuvo su resonancia en México. Dos años después, en 1971, se crea el Frente de Liberación Homosexual por iniciativa de la dramaturga lesbiana Nancy Cárdenas; y el 26 de julio de 1978, tiene lugar la primera manifestación pública comandada por el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. La tentativa de estos movimientos (ligados a las luchas libradas por la izquierda política) era oponer resistencia a las redadas, el abuso y la violencia que, desde el poder gubernamental, mediático y religioso, se ejercía sobre la comunidad lésbico-homosexual.

La convergencia con otros movimientos políticos marcó los orígenes del movimiento gay mexicano. El objetivo era conseguir una revolución social antes que espacios de representación. Varios estudiosos (Antoine Rodríguez, Rodrigo Laguarda, Ian Lumsden) coinciden, sin embargo, en que el radicalismo político intimidó a los homosexuales de clase media, algunos de ellos ignorantes incluso de los actos emprendidos por los pioneros. La pugna por despolitizar el movimiento gay desembocó en un giro significativo hacia 1984, cuando se organizó la Marcha fúnebre en recuerdo de los muertos por sida y lo que el Colectivo Sol, encabezado por Juan Jacobo Hernández, denominó en un texto: “Eutanasia del movimiento lilo”.

El comienzo de la década de los ochenta estuvo signado, en consecuencia, por la pandemia del sida, que incrementó la homofobia y el estigma, así como paralizó las incipientes conquistas logradas por las luchas de la década anterior, pero supuso también la norteamericanización del movimiento. La adopción, por ejemplo, de la categoría ‘gay’ como una nueva forma de legitimación y culturización.

Así, entre finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, el movimiento homosexual transitó del discurso revolucionario a la narrativa pro derechos humanos, talleres informativos (en particular para difundir métodos de protección frente a la diseminación del VIH) y actos culturales. El grupo SexPol, que desde 1975 organizaba tertulias artísticas en un departamento de la calle Ezequiel Montes, a donde acudían intelectuales y creadores de diferente cuño, fue la semilla de lo que en 1987 se convertiría, a iniciativa de José María Covarrubias, en la primera Semana Cultural Lésbica Gay con sede en el Museo Universitario del Chopo.

Es en este intersticio donde la novela de Luis Zapata aparece. De algún modo es deudora también de las transformaciones sufridas por la cultura gay entre la década de los setenta y ochenta. Ganadora del Premio Grijalbo de novela, supuso también un parteaguas de las políticas editoriales. El vampiro de la colonia Roma abrió un campo a otras casas editoras que se atrevieron, por fin, a publicar novelas con personajes abiertamente gays: Cal y Arena, Era, Premiá, Océano, Diana y Posada, entre otras.

Pero las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, el migrante tamaulipeco a la ciudad de México no sólo contribuyó a legitimar una temática, sino que también apostó por una propuesta literaria innovadora, como bien ha advertido José Joaquín Blanco.

En una entrevista con Enrique Aguilar-Resillas, publicada en La semana de Bellas Artes en agosto de 1979, Zapata describió el proceso de construcción de la novela. El origen fue una serie de entrevistas que grabó tras escuchar los testimonios de un amigo cercano, la fuente de inspiración de Adonis. Sin embargo, el novelista no se limitó a transcribir, sino que construyó un paisaje literario que conservó la frescura del habla coloquial de su entrevistado e inscribió el deseo homosexual en un lenguaje que echa raíces en la picaresca.

El vampiro es una figura vicaria y tutelar que encarna el corazón aventurero del protagonista. Lo que le mueve es el principio del placer sin culpas ni remordimientos. La vitalidad y liviandad que se respira en la obra es insólita y fundadora en la literatura con temática gay de México, pero también, probablemente, en lengua española.

Mucho antes que los llamados Queer Studies inundaran el discurso académico estadounidense y “descubrieran” para la investigación social la imposibilidad de esencializar cualquier forma identitaria, el protagonista de El vampiro de la colonia Roma reconocía la diversidad al interior de lo que llamaba la gran hermandad gay. En ella se dan cita bugas (“¿quiénes son bugas del todo?”, se pregunta con escepticismo), locas, homosexuales de corazón y gayos. Si bien Adonis se reconoce entre los penúltimos, lo cierto es que a lo largo de su testimonio él mismo experimenta otras formas de exploración del deseo.

La poderosa prosa de la novela demostró la capacidad de Zapata para asimilar diversas tradiciones: la literatura de la Onda que le precedió, pero también las obras de Quenau, Isherwood y Capote. En el texto conviven diferentes marcas: la periodística (la aparente reproducción literal de un monólogo a lo largo de varias sesiones), la lírica (los sueños que anteceden a cada uno de los apartados), la etnográfica (el valor testimonial de la voz de Adonis, quien explora baños públicos, calles, cines, cafés y hoteles para satisfacer su deseo, pero también para buscar clientes) y la experimental (el autor “reproduce” el discurso del prostituto reduciendo al mínimo comas y puntos, y con espacios blancos entre las frases como significante de las pausas y el silencio).

El vampiro de la colonia Roma, sin embargo, no es sólo literatura testimonial, sino autorreflexiva. Y tal vez ello explique, de algún modo, su permanencia y capacidad de interpelación. Adonis revisa en todo momento la significación que sobre sí mismo, y sus experiencias adoptan cada una de las aventuras relatadas. El nomadismo sexual busca, por supuesto, una recompensa económica, pero ésta no socava la erótica. “La vida vale únicamente –confiesa a su entrevistador, que nunca habla ni se manifiesta– por los placeres que te puede dar […] Si uno no es feliz, es por pendejo”.

Lejos de la retórica de degradación y desesperación que acompañaba a la escasa literatura gay que le antecedió, El vampiro de la colonia Roma reivindica no sólo el taloneo laboral (la práctica de la prostitución está fuera, aquí, de toda carga peyorativa) sino vital. Más que Adonis el chichifo, el protagonista de la novela es el deseo. Un deseo transgresor y ambulante que encuentra su mejor equivalente en el flujo oral incontenible del informante.

Y como en toda la picaresca, el lenguaje coloquial popular cobra sentido gracias al espacio donde se manifiesta. Por Adonis habla un deseo que goza, pero también el placer de habitar y vivir una ciudad. No obstante que hacia el final del libro el protagonista manifiesta su ánimo de abordar una nave espacial para alejarse del planeta y no volver jamás, lo que predomina es su entusiasmo sin reserva por la ciudad de México: “la más cachonda del mundo, la que más se prestaba a coger, o sea a que uno cogiera”.

Daniel González Marín

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