2666, el acierto de la unidad

Cuando murió Roberto Bolaño en el 2003, algo importante pasó con su obra. No sólo las ventas de sus libros ya publicados aumentaron —lo que derivó en una mejor difusión de éstos y varias traducciones en el mundo—, sino que también se abrió su archivo literario en busca de textos lo suficientemente trabajados como para que pudieran publicarse póstumamente.

Entre esos libros póstumos, el más significativo ha sido 2666 (Alfaguara, 2016), el cual se publicó un año después de la muerte del autor chileno y que sostiene gran parte de la relevancia literaria de Bolaño —recientemente fue considerado el mejor libro en español de los últimos 25 años por el suplemente literario “Babelia”—. Es su obra cumbre, la más elaborada. Un texto que escribió durante los últimos años de su vida y que aceleró para tenerlo listo antes de que su hígado ya no lo dejara seguir.

A diferencia de sus otras novelas póstumas, 2666 es un libro que sí empezó a trabajar con sus editores y que, pese a que no se concluyó esa labor mientras vivía, sí dejó todo debidamente estructurado para su publicación —aunque sus instrucciones finales serían desobedecidas en pos de un mejor camino literario para la novela.

La primera vez que Roberto Bolaño habló de 2666 con Jorge Herralde —según testimonio del propio editor—, el autor mencionó que se trataba de un proyecto importante, una novela ambiciosa; la más larga de su vida. Desde la planeación, Bolaño sabía que superaría las mil páginas. Pese a esto, siempre la concibió dentro de un solo tomo para su publicación. Sin embargo, cuando supo que su muerte estaba cerca, consideró que convertir 2666 en una pentalogía retribuiría mayores ventajas económicas para sus hijos. Una decisión complicada en muchos sentidos, en especial porque el autor ya no estaría para supervisar la edición ni los espacios entre cada volumen publicado; por lo que la labor editorial —en manos entonces de Ignacio Echevarría y Jorge Herralde— abriría una discusión importante sobre el respeto a las instrucciones de un autor sobre su obra o a la literatura, así como acerca del valor de un texto como obra unitaria y total o como una serie de fragmentos relacionados circunstancialmente.

Trabajos previos del autor ya habían mostrado su gusto por la intertextualidad y la autorreferencia, pero todavía más por la fragmentación. Sin embargo, a Bolaño no le interesaban los fragmentos como unidades menores ni tampoco en el destierro, sino como principio de acumulación y ejercicios de totalidad. Con el uso de la narración fragmentada, Bolaño buscaba componer relatos que concedieran diferentes accesos a su obra para que a la vez se establecieran puentes. A Bolaño le atraía la idea del desorden narrativo planificado, en el que los mundos de sus fragmentos se intersectaran para construir con ello algo más audaz.

En el caso de 2666, la fragmentación nos muestra cinco piezas: “La parte de los críticos” en la que cuatro profesores de literatura de diferentes países se vuelven amigos gracias a su interés en común por Benno von Archimboldi, un escritor alemán que empieza a tener mayor relevancia no sólo por su obra literaria —la cual incluso lo ha colocado como candidato al Premio Nobel—, sino también por su ausencia. El interés por encontrarlo lleva a los críticos hacia la pista del último lugar donde se vio a Archimboldi: Santa Teresa, una ciudad al norte de México famosa por los múltiples asesinatos de mujeres que han tenido lugar ahí y donde los críticos emprenderán la búsqueda del escritor alemán ayudados por un profesor de filosofía chileno llamado Óscar Amalfitano. La segunda parte de la novela, “La parte de Amalfitano”, nos muestra la cotidianidad de soledad y locura de este profesor —Amalfitano tiene un ejemplar de El testamento geométrico de Rafael Dieste colgado en un tendedero del patio de su casa— y de su hija Rosa; además, en esta parte se empieza a dibujar con más fuerza el ambiente desolador que envuelve a Santa Teresa por los feminicidios. “La parte de Fate” nos habla de un periodista afroamericano que es enviado a Santa Teresa a cubrir una pelea de box, pero que al llegar a la ciudad se interesa por los asesinatos que han ocurrido ahí, por lo que empezará a hacer preguntas para enterarse qué está detrás de éstos.

“La parte de los crímenes” es el fragmento más largo y más fuerte de toda la novela. Una parte en donde la desolación y el horror de Santa Teresa, que Bolaño ya había enunciado en las partes anteriores, saltan como protagonistas. A lo largo de las casi 400 páginas, Bolaño no sólo dibuja el ambiente mortuorio de la ciudad, sino que también dota de historias a las víctimas de los feminicidios que han hecho famosa a Santa Teresa (Ciudad Juárez) desde 1993. “La parte de Archimboldi”, última del libro, nos revela la verdadera identidad del autor alemán; una biografía de este personaje que nos relata sus aventuras, como su participación en la Segunda Guerra Mundial, y que además dota de sentido la relación de Archimboldi con Santa Teresa.

Cada una de estas partes vive con autonomía respecto de las otras: si uno lee cualquiera de éstas de manera independiente, su sentido queda plasmado; un aspecto importante, sí, aunque la mayor cualidad de la obra no recae en eso. La apuesta de Bolaño en 2666 siempre fue dirigir todo hacia una banda: la totalidad. Por eso no sólo cada una de las partes es válida como unidad independiente y completa, sino que además consiguen mayor relevancia en grupo.

Por eso queda claro que Jorge Herralde e Ignacio Echevarría, con el aval de los herederos, acertaron al decidir anteponer el interés literario frente al económico, renglón de mayor preocupación de Bolaño hacia el final de su vida, pero que también fue cubierto —conviene subrayarlo rápidamente, 2666 tuvo cinco reimpresiones durante su primer año de publicación, con una suma aproximada de 30 mil ejemplares entre todas éstas.

Este año, con la incorporación de Bolaño al catálogo de Alfaguara, al lado de los mejores autores latinoamericanos, se ofrece un agregado importante en las nuevas ediciones, ya que además de cajas de texto más amigables, estos nuevos libros contienen fotografías de los cuadernos en los que Bolaño trabajó sus obras. Entre éstas vemos listas con las características de los personajes, datos de sus investigaciones previas, fragmentos de textos corregidos e incluso dibujos sobre la estructura de la novela. Esto no sólo nos permite conocer de manera directa la forma en que Bolaño escribía o adentrarnos en la planeación de sus obras, también abre la puerta para que en el futuro veamos alguna edición comentada de sus textos que incluya una revisión amplia de estos cuadernos.

2666 es un libro póstumo, pero para nada es una obra incompleta. Es un libro terminado con la total aprobación de Bolaño para ser publicado y que con fortuna ha podido conocerse no a partir de cinco soledades sino a través del acompañamiento de éstas.

Escrito por
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