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Pamuk: la frialdad de la Nieve
Fabián Martínez comment 0 Comentarios

“Lo que permanece lo fundan los poetas”

Andenken, Hölderlin

La literatura en temporada invernal. En el canto XII (versos 277-287) de la Ilíada, Zeus hace caer la nieve en medio del combate entre aqueos y troyanos. La imagen es fuerte, mientras el acero choca buscando sangre, caen copos de nieve (νφ-άς) sobre los cuerpos guerreros. La épica canta el poder. Por otra parte, en Los Hermanos Karamazov la nieve aparece en un sueño cargado de apretujado amor. Al final del libro VIII la nieve de Siberia promete la infinita unión de besos y abrazos entre los amados. Dostoievski exalta los sentimientos. En Nieve (Debolsillo 2018), Orhan Pamuk traza una política de interiores: conversaciones a puerta cerrada entre miembros de partido, escenas subversivas en el teatro, habitaciones de hotel como espacios de la decisión política, calor compartido entre los protagonistas, sueños sobre una casa compartida, viajes en autobús y tren. Además, Pamuk elabora una poética de la exploración religiosa, y sitúa en el debate, los hábitos y creencias que hidratan la pugna entre Occidente y Oriente. 

Nieve es una novela que retrata con crudo realismo la vida política de la Turquía contemporánea. Narrado en tercera persona, Pamuk cuenta la historia de Ka, un poeta exiliado por doce años en Alemania que a su regreso a Estambul es asignado para investigar periodísticamente el asesinato del alcalde y el suicidio de algunas muchachas que ha causado revuelo en el municipio de Kars, al norte de Turquía, y al mismo tiempo, siendo la verdadera razón de su desplazamiento, buscar a la hermosa Ipek, quien se ha divorciado de Muhtar, un “tonto, marxista” a ojos de Ka, que guarda pretensiones de ser alcalde y de la que se siente enamorado.

Pamuk usa a Kars como sinécdoque de la realidad cotidiana de Turquía: hay marginación, explotación laboral, discriminación, centralidad de poder, fundamentalismo religioso. En la novela, la escritura es concisa, pocas veces Pamuk carga la pluma hacia el reino de la comedia o la sátira. Cuando aboga por metáforas sustantiviza la nieve: la nieve acerca a Dios, es como el silencio, tiene un brillo en la oscuridad.

Pamuk como en otras de sus novelas (Museo de la inocencia, Me llamo Rojo), elige pocos personajes. Ka, Ipek, Necip, un fundamentalista enamorado Kadife, hermana de Ipek, defensora islamista, vestida con el velo. Los personajes están perfilados psicológica e históricamente, no juegan al heroísmo, ni con los sentimientos de los otros: afrontan el deber como el principio de vida. Cada personaje tiene hondas convicciones. De ese modo, a ojos de Ka, el asombro de las islamistas suicidas no proviene de su condición económica estable, o la relación con sus parejas, sino que bajo el entendido de que las mujeres son dueñas de su propio cuerpo y pueden suicidarse cuando crean necesario, lo hacen con total normalidad sin previo aviso, sin mayores aspavientos, sin ningún acto ceremonial. 

Ka, el personaje principal, se revela contradictorio. Salió de Turquía luego de la muerte de su madre, no se ha casado y aspira a ser alguien respetado. En su interior es un desdichado mientras que a los ojos de los habitantes de Kars es sospechoso, pues ¿qué puede tener de atractivo un municipio alejado de Estambul, ajeno de las comodidades de un “señorito” radicado en Frankfurt, Alemania? Y es cierto, a Ka le asusta la soledad, es miedoso, nunca ha pasado por su cabeza el suicidio, propio o ajeno, y sin embargo viste una chaqueta que le otorga autoridad y le brinda elegancia.

Nieve transcurre en una semana, cada hora el narrador la aprovecha como queriendo exprimir el tiempo, la dificultad para transitar por calles y carreteras enriquece los escenarios y las detalladas descripciones. Cada personaje palpita en su andar con una historia representativa del mausoleo social de Kars.

Pamuk da a entender que la brillantez del ser humano reside en estrechar los vínculos mediante una conversación, o en un poema como lo hace Ka, o en una vieja y delicada historia que engloba una moraleja y una visión del mundo. Y es que Pamuk está del lado de Ka, lo respalda en sus acciones. Al igual que Pamuk, Ka ve con ojos distantes a sus compañeros de época universitaria y no precisamente por rehuir a sus convicciones sino por la elección de las mismas. Muhtar, su compañero izquierdista de juventud, no es sino un converso islamista político que encontró en la religión el arraigo y sentido de vida que no pudo construir en la escritura ni en los estudios universitarios. 

La trama política de la novela se aclara conforme los sucesos se interconectan. El punto neurálgico de Nieve se encuentra en la conversación con Azul, un hombre que ganó reputación después de matar a un afeminado presentador de televisión. En medio de estrictos protocolos de seguridad, Ka conoce al “maestro” y se ve sometido a preguntas entrecortantes, que marcan el ritmo de una conversación palpitante; Azul había sufrido tres intentos de asesinato, conoce a las personas, a Ka lo llama burgués, un místico poeta, pero con el que comparte una añoranza por las viejas historias orientales que se ocultan, como él mismo, en los modos de Occidente. Le revela las acciones que se están gestando con miras a una insurgencia religiosa y a una reestructuración política basada en el islam. 

Pamuk lleva al límite a su protagonista, lo fuerza a adentrarse en sí mismo, a descubrir el chillido de su alma para que renazca su vida. En medio de la miseria humana, a Ka le sobreviene la inspiración de un poema, el más alegre, el poema “Nieve” al que le sucederán 38 más en distintas parte de la narración. Pero al encontrar su sentimiento, Ka convulsiona sus percepciones, bifurca su ánimo, se embriaga en una felicidad cegadora, propone matrimonio a Ipek.

Pamuk contorsiona la historia al hacer que su personaje sea por algunos capítulos un occidental mimado que habla de la creación poética como de algo venido “de fuera, de algún lugar lejano” o de una teoría laxa del amor que divide a los hombres en dos tipos, los primeros se enamoran conociendo los detalles, y los segundos, no necesitan saber mucho, apenas lo mínimo de la muchacha de la que planean enamorarse. Pero Pamuk escribe intencionalmente los desvaríos de sus personajes, ellos van adquiriendo consciencia de que las palabras vanas conllevan una dimensión oculta, los prepara para la traición, para reconocer que la felicidad es momentánea, para temer por su vida, para implorar a su Dios, y sobre todo para saber que, en cualquier viaje, nada está definido.

En un gesto simbólico, Pamuk elige como escenografía el Teatro para la sacudida que supondrá la trágica suerte de los personajes. Se presenta O la Patria o el Velo, una obra interpretada por una joven que se retira del charshaf y lo quema ante las miradas asombradas del público. Pamuk dice, “hasta los laicos más recalcitrantes estaban asustados”. La actriz, al quitarse el pañuelo de la cabeza, provoca la ira de los asistentes, desata las pasiones y detona la revolución. La prosa de Pamuk a partir de ese momento está plagada de tonos compasivos, de angustia y crudeza por los paisajes que pinta. Sin saberlo, Pamuk está retratando, como si fuesen retablos de algún museo del mundo, paisajes del horror, el sufrimiento y el infierno.   

Pamuk utiliza la ventisca sobre Kars para encerrar una narración compleja, llamativa y destructiva, inocente y melancólica, simbólica y realista. Ahí, sobrecogido por las consecuencias bélicas, Ka posa sus labios sobre el cuerpo inerte del joven Necip, no quiere resignarse a lo que se muestra evidente: el cadáver no responde, el muerto muerto está. Ka llora.

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